VII Época - 20

DIVISIÓN EN EL MOVIMIENTO OBRERO

Socialistas y anarquistas ante el 1º de mayo de 1892 en Francia

Para muchos obreros, el Congreso Socialista Internacional de Bruselas de 1891, representó el primer intento, parcialmente exitoso, del socialismo político y autoritario con el objetivo de limitar el carácter revolucionario de las jornadas obreras del 1º de Mayo habidas hasta la fecha. Carácter que no habían perdido desde 1886, fecha del asesinato legal en Chicago de los cinco anarquistas que se habían significado en la lucha por la jornada de ocho horas de los obreros en Estados Unidos.

A tal fin el Congreso Socialista acordó que todas sus organizaciones celebrarían cada 1º de Mayo una manifestación única para los trabajadores de todos los países, recomendándose además el paro en defensa de las ocho horas “en todas partes donde no sea imposible”.

Por supuesto, todos sabían que el próximo 1º de Mayo, en 1892, caía en domingo. Además de que los delegados alemanes ya traían la propuesta que la “jornada obrera” se celebrase anualmente el “primer domingo de mayo” y no en fecha laboral, de acuerdo con la filosofía compartida por todo el socialismo político de que ese día debía adoptar un aire festivo y familiar entre obreros, alejado de las jornadas de lucha y agitación que propugnaban los anarquistas y sindicalistas.

Aquél año, en Francia estalló el conflicto entre ambas versiones del 1º de Mayo en toda su crudeza, al darse la circunstancia de que ese día se celebrarían elecciones municipales, en las que participaban los socialistas. Los anarquistas y sindicalistas reaccionarán indignados contra el socialismo político y habrá profundas discrepancias entre los libertarios sobre la mejor respuesta posible a la manipulación de los socialistas autoritarios.

Los socialistas llevaron tan lejos como les fue posible la combinación de las elecciones municipales y las reuniones festivas (que incluía manifestaciones) por ellos convocadas en cada lugar para el 1º de Mayo.

Previeron que “luego de la reunión de los trabajadores se dirigirían éstos en corporación a las distintas mesas receptoras de votos, para cumplir con su deber de socialistas”. El jefe socialista, Jules Guesde, llegó a escribir para ese día: “En Francia, este año la manifestación convertida en acción se realizará en las urnas. Instalando nuestros candidatos en los ayuntamientos … nuestro proletariado afirmará su solidaridad con el proletariado del mundo entero”.

La respuesta anarquista a semejante provocación no se hizo esperar. Enseguida comprendieron que aquella versión del 1º de Mayo era un segundo asesinato de los “Mártires de Chicago”, a los que ahora se arrebataba arteramente la razón de su lucha y su ideario en pro de la emancipación social y obrera, ambas cosas incompatibles con la participación política en las instituciones estatales de cualquier rango.

Sébastian Faure, uno de los personajes anarquistas más conocidos y estimados por los trabajadores franceses de la época, enseguida programó una jira de hasta cuarenta conferencias en solo la región de Lyon, con el objetivo de oponerse contra la operación política que subyacía en la “nueva concepción” del 1º de Mayo, defendida por aquellos socialistas que, a su juicio, habían dejado de serlo vergonzosamente.

Faure trató de convencer a los anarquistas que abandonasen las movilizaciones del 1º de Mayo a la suerte decidida por los autoritarios. ¿Qué podemos esperar a partir de ahora de cualquier 1º de Mayo -argumentaba Faure-, tras haber sido convertido en una conmemoración a fecha fija y periódica, cuando los gobernantes pueden preparar con toda calma el contraataque y, en su caso, llegar a los necesarios acuerdos con sus adversarios políticos, pero cómplices en el sostenimiento del indigno orden social? En las actuales condiciones -sentenciaba-, los 1º de Mayo, inservibles para la lucha por la emancipación social, sólo servirán como celebración del sacrificio de la clase obrera en el altar del “trampolín electoral”, sólo útil para los “sedientos de poder” y los “pordioseros de mandatos y leyes”, pues eso eran y eso buscaban los figurantes socialistas más notables.

Pese a la energía desplegada y al extraordinario respeto y cariño que le tenían los trabajadores anarquistas, Faure no logró convencerles de la necesidad de ignorar el 1º de Mayo. Al contrario, le respondieron que Faure estaba ignorando la capacidad del pueblo obrero para ir más lejos en su acción revolucionaria que lo que deseaban los líderes políticos legalistas.

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