VII Época - 87

CARLO TRESCA, “RETRATO DE UN REBELDE” / y 3

Un anarquista en el movimiento obrero norteamericano

En las anteriores páginas genofontianas (La Campana, VII Época, nos 85 y 86) recordábamos los años de militancia sindical y anarquista de Carlo Tresca desde 1907, cuando se incorpora a la lucha social libertaria y sindical anarcosindicalista, en los gremios de la Industrial Worker of the World (IWW), hasta 1934-1937, en que desarrolla una impresionante actividad antifascista y rompe definitivamente con “el comunismo autoritario y estatalista”, tras observar que las denuncias que le llegan desde la Unión Soviética sobre el sangriento autoritarismo de Stalin son cada vez más notorias y veraces.

Entre ambas fechas, además de la extraordinaria labor desplegada en los conflictos sindicales más duros de Estados Unidos, Carlo Tresca se entregará con el mismo ardor, tenacidad y capacidad organizativa, al extraordinario movimiento social internacional contra las víctimas de la represión y violencia estatales y patronales. Formará parte del Comité de Solidaridad en Defensa de los anarquistas Sacco y Vanzetti, finalmente ‘legalmente’ asesinados en 1927, víctimas de unas autoridades, ellas sí criminales e infames. Su figura será también indisociable de todas las grandes campañas en defensa de los perseguidos, de Ettore-Giovanitti o de Tom Mooney.

En este mismo periodo, Tresca se convirtió en un opositor al fascismo italiano, que intentaba atraer a sus postulados a la amplia comunidad inmigrante italiana, una vez que Benito Mussolini había logrado el poder en Italia en 1922 y haber puesto punto final al sistema parlamentario y provocado la persecución sangrienta contra el movimiento obrero y sindical.

Desde Il Martello y la creación entre la inmigración italiana de la Sociedad antifascista Mazzini, Tresca acusó a Mussolini y sus secuaces del Partido Nacional Fascista de traidores con la clase trabajadora y a la casa real de Saboya por su complicidad con este. Artículo tras artículo, en las páginas de Il Martello, salía a la luz el montaje (desde emisoras de radio a periódicos o locales y financiación clandestina) que el régimen de Mussolini estaba instalando en numerosas ciudades y estados norteamericanos para poder atraerse a los italianos inmigrantes.

En un primer intento de acallar la voz de Tresca, en 1923 el embajador italiano requirió del departamento de estado que suprimiera Il Martello. Las autoridades federales estadounidenses, de acuerdo con los agentes fascistas, urdieron un complot: acusar al anarcosindicalista de difundir “material obsceno” a través del correo, por “haber publicado en su periódico un simple anuncio de dos líneas sobre el control de natalidad”. Condenado por ello a un año y un día -delito que le cualificaba para ser deportado- pasó cuatro meses en la penitenciaria federal de Atlanta hasta que en 1925, ante lo infundado del caso, se le rebajó la pena, lo que impidió su deportación. Sin embargo, dado que no habían podido deshacerse de Tresca por ‘métodos legales’ los fascistas decidieron utilizar la violencia extrema. En un mitin antifascista en 1926 en el que intervenía Carlo Tresca, provocaron un atentado con bomba del que, pese a la intensidad del estallido, salió ileso.

Sin embargo, la persecución contra Carlo Tresca no provenía exclusivamente de la patronal estadounidense y los agentes fascistas italianos. A ellos se sumaron en la década de los treinta, las amenazas provenientes del estalinismo, encabezadas por el agente estaliniano Vittorio Vidali, quien estará detrás de algunos de los asesinatos más célebres del estalinismo, como los del español Nin o de Trotsky.

Tresca se impuso como uno de sus objetivos apartar a los comunistas de la Sociedad Mazzini, la organización líder del antifascismo italiano en Estados Unidos, por considerar que el régimen comunista había derivado con Stalin a la cabeza, en una dictadura de la peor catadura.

Carlo Tresca morirá asesinado en 1943 en una calle de Nueva York, sin que nunca se haya conseguido ni querido identificar a los autores. Cualquiera de sus enemigos -la patronal, la mafia, las organizaciones pro-fascistas o los agentes del estalinismo soviético- pudo haber sido, pues ninguno de ellos renunciaba al crimen y asesinato de sus adversarios como instrumento para alcanzar sus objetivos políticos.

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